none

¿Por qué los perros tienen que hacer sus necesidades en la calle? (aunque a muchos les moleste)

Si los gatos utilizan un arenero en casa, ¿por qué los perros tienen que hacer sus necesidades en la calle? La pregunta parece sencilla, pero detrás de ella hay mucho más que pis y caca: hay biología, comunicación, aprendizaje, convivencia urbana y también una responsabilidad que no debería recaer exclusivamente sobre los perros ni sobre sus familias.

A nadie le gusta una ciudad sucia. Encontrarse excrementos en una acera es desagradable. Al igual que caminar por calles en las que determinadas esquinas, fachadas o portales acumulan continuamente orina.

Además, no estamos hablando de unos pocos animales. En España conviven actualmente casi siete millones de perros con las familias, según el Estudio de Censos 2025 de ANFAAC. Eso supone muchísimos perros utilizando diariamente un espacio público limitado.

Pero ¿la solución sería enseñarles a hacerlo en casa, como hacemos con los gatos?

Primero: ¿por qué los gatos usan el arenero?

Tendemos a pensar que el gato utiliza un arenero porque esa es su forma “natural” de hacer sus necesidades. Pero el arenero es, en realidad, una solución humana adaptada a determinadas características del comportamiento felino.

Los gatos que viven exclusivamente dentro de una vivienda no tienen acceso a la calle y les proporcionamos un sustrato adecuado donde puedan eliminar y realizar comportamientos asociados, como escarbar y cubrir.

Si nuestros gatos salieran varias veces al día por la ciudad, probablemente también encontraríamos sus eliminaciones y marcas en alcorques, jardines, macetas, tierra y otros lugares. Porque los gatos también utilizan señales olfativas y químicas para comunicarse.

La gran diferencia es que el modelo de convivencia que hemos establecido con unos y otros es distinto: generalmente el gato doméstico permanece dentro de casa mientras que el perro sale diariamente al espacio público.

Entonces, ¿un perro puede aprender a hacer pis en casa?

Por supuesto.

Muchos perros aprenden durante alguna etapa de su vida a utilizar empapadores, bandejas, césped artificial u otras zonas específicamente habilitadas.

Es especialmente frecuente durante la etapa de cachorro, mientras se completa la pauta veterinaria que permita salir con seguridad, pero también puede ser útil para perros ancianos, enfermos o con dificultades de movilidad.

Incluso puede enseñarse como una alternativa para situaciones excepcionales. Si algún día su persona responsable no puede sacarlo a la hora habitual y el animal realmente necesita orinar, disponer de un lugar permitido puede resultar útil.

Los perros pueden aprender perfectamente a utilizar zonas concretas de eliminación, tanto dentro como fuera de casa.

Pero para un perro, vaciar la vejiga y el intestino es mucho más que eliminar sustancias de desecho.

Cuando un perro hace pis, también está dejando un mensaje

Aquí está la parte fascinante.

Nosotros vivimos en un mundo eminentemente visual. Miramos caras, ropa, gestos, señales, leemos, miramos escaparates y pantallas.

El perro, en cambio, habita un mundo extraordinariamente olfativo cuando sale a pasear.

Y cuando durante un paseo se detiene largamente a oler el pis de otro perro, no está perdiendo el tiempo. Está recopilando información.

El marcaje urinario forma parte de la comunicación química de los perros y otros cánidos. La investigación apunta a que estas señales pueden proporcionar información relevante sobre quien las dejó —por ejemplo, relacionada con el sexo, el estado reproductivo o fisiológico— y provocar respuestas en otros individuos.

Después de investigar cuidadosamente una marca, el perro puede incluso depositar la suya.

Pregunta y respuesta.

Mensaje y contestación.

Podríamos imaginarlo como una especie de WhatsApp olfativo del barrio.

Solo que no hace falta que los participantes se hayan conocido.

Imaginemos un grupo de WhatsApp de aficionados al pádel o al running. Entran personas que no se conocen personalmente, pero comparten información porque tienen algo en común.

Algo parecido ocurre en determinados puntos del paseo. Un árbol, una esquina o un poste pueden convertirse en lugares donde diferentes perros dejan señales que posteriormente otros investigan y, en ocasiones, contestan mediante sobremarcaje.

Para nosotros es una farola.

Para ellos puede ser un tablón de anuncios.

Leerlo y poder contestar, forma parte de ser perro.

Por eso algunos perros aguantan desesperadamente sus necesidad hasta salir

Muchas familias conocen perfectamente esta situación.

El perro tiene acceso a un empapador o incluso a un jardín y, sin embargo, espera hasta salir de paseo.

La eliminación en el exterior se convierte mediante aprendizaje y rutina en una conducta muy consolidada y, además, el exterior ofrece multitud de olores y oportunidades de comunicación.

También puede suceder lo contrario: perros que no consiguen hacer sus necesidades fuera de casa.

Un cachorro puede haber aprendido inicialmente a utilizar un empapador y todavía no haber generalizado el aprendizaje al exterior. Otros perros pueden sentirse inseguros, excesivamente vigilantes o asustados en la calle y no alcanzar la tranquilidad necesaria para eliminar. El miedo y la ansiedad pueden interferir efectivamente con la eliminación en exteriores.

Por eso, cuando un perro adulto que normalmente hacía sus necesidades fuera empieza repentinamente a hacerlas dentro, no deberíamos limitarnos a pensar que “se está portando mal”: también pueden existir causas médicas o conductuales que conviene investigar. Si quieres profundizar sobre esto, puedes comprar nuestra guía completa aquí.

El verdadero problema aparece cuando millones de perros comparten nuestras ciudades

Y aquí debemos volver a la pregunta inicial.

Que orinar y defecar durante el paseo sean comportamientos normales no significa que sus consecuencias sobre el espacio urbano deban ignorarse.

Hay muchísimos perros viviendo en nuestras ciudades. Me atrevería incluso a plantear una reflexión incómoda: quizá en algunos núcleos urbanos hay demasiados perros para el espacio disponible y para las infraestructuras que hemos diseñado.

Porque el problema no es el pis de un perro.

Es la acumulación del pis de decenas de perros cada día sobre la misma esquina.

Exactamente igual que ocurre con otros residuos humanos: cuanto mayor es la densidad de población, mayor es la necesidad de limpieza, mantenimiento e infraestructuras.

Y aquí entran dos responsabilidades diferentes que no deberían enfrentarse, sino complementarse.

Responsabilidad ciudadana y responsabilidad municipal

Quien convive con un perro tiene responsabilidades evidentes.

Recoger las heces debería ser incuestionable. Y en aquellos municipios donde esté indicado, o siempre que sea posible, también podemos reducir el impacto de la orina utilizando agua para diluirla y procurando evitar portales, fachadas, mobiliario urbano o lugares especialmente sensibles.

También podemos intentar dirigir al perro hacia alcorques, tierra u otras zonas adecuadas.

Pero no siempre es tan sencillo.

Un perro que lleva muchas horas esperando en casa puede empezar a orinar pocos minutos después de salir por el portal. Y en algunos barrios recorrer la distancia hasta encontrar una zona verde implica atravesar varias calles completamente pavimentadas.

Por eso el civismo individual es imprescindible, pero no puede ser la única herramienta de gestión.

Tirar los residuos en una papelera es responsabilidad del ciudadano, pero nadie propone eliminar por ello los servicios municipales de limpieza.

Con los perros debería aplicarse una lógica semejante.

Si millones de ellos forman ya parte de nuestros hogares y utilizan diariamente el espacio público, necesitamos ciudades diseñadas teniendo en cuenta esa realidad: más zonas adecuadas de eliminación, espacios caninos bien distribuidos, mantenimiento, limpieza profesional frecuente y planificación urbana.

De hecho, algunos ayuntamientos ya incorporan actuaciones específicas de limpieza y gestión de espacios utilizados por perros.

La responsabilidad del tutor y la responsabilidad de la administración no se sustituyen: se complementan.

No pidamos a los perros que dejen de ser perros

Podemos —y debemos— exigir convivencia.

Podemos pedir a las personas que recojan las heces, que reduzcan el impacto de la orina y que respeten el espacio compartido.

Podemos pedir a los ayuntamientos mejores infraestructuras, limpieza y planificación.

Y quizá también debamos preguntarnos, como sociedad, por qué seguimos aumentando el número de animales que incorporamos a entornos urbanos sin adaptar esos entornos a sus necesidades.

Lo que no podemos pretender es solucionar un problema de convivencia eliminando comportamientos fundamentales de la especie con la que hemos decidido convivir.

Para nosotros, ese árbol puede ser simplemente un árbol.

Para un perro contiene una historia escrita con olores.

Una historia que necesita tiempo para leer y a la que quizá quiera responder.

Así que sí: queremos calles limpias.

Pero también queremos perros que puedan comportarse como perros.

El reto no consiste en elegir entre una cosa y la otra, sino en construir ciudades donde ambas sean posibles.

Porque convivir con otra especie implica algo más que quererla: implica conocer su biología, respetar sus necesidades y asumir, entre todos, las consecuencias de haberla incorporado a nuestra sociedad.